A mis alumnos del taller literario, a los lectores de siempre y los acasionales, a los amigos del facebook... a los cibernautas en general

{ viernes, 24 de diciembre de 2010 }
¡MIS MÁS INTENSOS DESEOS DE PAZ Y FELICIDAD EN ESTAS FIESTAS!



Con el cariño de siempre
Olga Starzak

Uso correcto de algunos adverbios

{ jueves, 23 de diciembre de 2010 }




Los adverbios PURO, MEDIO, MEJOR y PEOR son invariables.
Correcto: Está medio fatigada. Incorrecto: Está media fatigada.
Correcto: Lo hizo de puro tonta. Incorrecto: Lo hizo de pura tonta.
El adverbio DESPACIO significa "lentamente", no "en voz baja".
Correcto: Hablar en voz baja. Incorrecto: Hablar despacio.
El adverbio HOY hace referencia al día en que se vive, no a un momento de él.
Los adverbios ADELANTE, ATRÁS, ABAJO, ADENTRO, AFUERA no admiten complemento
Los adverbios DELANTE, DETRÁS, CERCA, DEBAJO, FUERA admiten complemento.
El adverbio MÁS va pospuesto a NADIE y NADA.












La lectura: una elección personal

{ miércoles, 15 de diciembre de 2010 }

A menudo me pregunto cuántos medios de comunicación, sean estos televisivos, radiales o gráficos, recomiendan –a la hora de sugerir títulos literarios- a autores de la talla de los argentinos María Esther de Miguel, Sergio Bizzio, Héctor Tizón o Sara Gallardo, o de los chilenos José Donoso o Roberto Bolaño, los mexicanos Humberto Villafuerte y Mónica Lavin o el ecuatoriano Adalberto Ortiz… La literatura oriental es también un capítulo a descubrir y a la que tenemos poco acceso, tal vez  de otra manera podríamos disfrutar de la obras del japónes Yukio Mishima o del turco Nedim Gürsel.
El objetivo de esta nota -y sólo a modo de reflexión- es  comprender y  valorar que más allá de aquellos autores de indiscutible imaginación como Dan Brown, Wilbur Smith, Patrick Ericson, J.K. Rowling o John Grisham,  existen otros que, no tan dedicados a temáticas que cautivan en general a un gran público lector (ya  sea porque escriban obras de perfil histórico, político, religioso, o de ciencia ficción) se constituyen en sí mismos referentes literarios -más por sus técnicas que por sus tramas-  por su  modo de narrar, de descubrir una época en la historia literaria de la humanidad.
Unos ofrecen (especialmente a los editores y también al autor) alternativas comerciales y por ende un atractivo económico; otros -autores de obras literarias con un legado estético, técnicas y estilo-  la posibilidad de un  crecimiento personal. La literatura de ambos es pasible de análisis y críticas…
Sin embargo y lo digo con preocupación,  sólo los libros que reúnen las condiciones de “vendibles”  llegan a todos los estamentos sociales; son los denominados best sellers. Muchas veces simplemente como consecuencia del oportunismo de un autor que –por alguna razón- buscó para su obra un tema de permanente dolor y conflicto como lo es la última dictadura militar, las crisis políticas, el interés común por los temas de auto-ayuda, o la catarsis colectiva de la que se aprovechan psicólogos o psicoterapeutas para publicar sus temáticas de diván,  logrando que lectores asiduos de encontrar lugares comunes, devoren sus textos.
El lector tiene derecho a elegir. Para ello es necesario poner a su alcance, en las vidrieras de las librerías, en los titulares de los suplementos literarios o en el índice de cualquier medio gráfico, a todos aquellos autores que atravesados por la fuerza intrínseca del talento y la creatividad, recurren a la palabra escrita con el recurso mágico e irresistible de hacernos sentir parte de sus historias: la cautivante realidad del texto literario.


Olga Starzak

Callejón sin salida, Rosario Anze, participante del taller

{ martes, 23 de noviembre de 2010 }

“Con la cabeza entre mis rodillas y los pies entumecidos de frío advertí que estaba amaneciendo. El callejón se percibía aún más sombrío. No había nadie. Supuse que  el lugar nocturno los mantenía tan atrapados como a mí  esa estrecha calle. Intenté levantarme y seguir. Una fuerza interior me lo impedía” (°)  



En verdad, no quería moverme, deseaba hundirme allí mismo, desaparecer para todos, que se olvidaran de mí. Seguramente, estarán compadeciéndome.  ¡Tanto que me advirtieron y yo empecinada no quise oír! Me negué  a aceptar lo que para todos estaba muy claro.

Ahora, que vuelvo a recordar cómo lo conocí y cómo fuimos intimando, me doy cuenta de que él sólo estaba pasando un buen rato y que en ningún momento pensó seriamente en dejar a su familia. Para ser sincera conmigo misma, Arturo no prometió nada, fui yo la que pensé que lo haría. ¡Cómo no hacerlo si me había enamorado! Claro que él disfrutaba de nuestros encuentros, reía y se veía muy alegre; pero nunca se quejó ni dijo media palabra de su esposa y ¿por qué creí que podía ser más importante que ella? ¿Por qué me enceguecí hasta tal punto? ¡Si no es la primera vez que me enamoro!

Sin duda, que cuando se dio cuenta de que la relación se iba poniendo más seria, vio la necesidad de cortarla  o ¿será que fue surgiendo algún sentimiento por mí y temió enfrentarlo? ¡Oh, qué ilusa que soy! Aún pienso que pudo quererme un poquito. Arturo empezó a eludirme y a poner pretextos para no verme. Yo creía que estaba muy ocupado, como decía, que pronto reanudaríamos nuestra relación con mayor entusiasmo, hasta que ocurrió lo de hoy o más bien lo de ayer.

 Él, como dueño y gerente de la empresa,  nos había asegurado los recursos para la investigación de mi grupo y cuando estaba segura de que así lo anunciaría a todos, en la reunión anual de socios y empleados, nos enteramos de que había enviado una carta abierta, que fue leída en voz alta. En ella comunicaba, sin mayores explicaciones, la imposibilidad del financiamiento y la conclusión de toda relación de trabajo y cooperación con nuestro grupo. La noticia fue un balde de agua fría para todos y en especial para mis compañeros.  No sólo nos quedábamos sin ingresos para los próximos dos años, también suponía la ruptura definitiva conmigo. Sentí todas las miradas sobre mí, deseé que la tierra me tragara; por supuesto, todo era culpa mía, tambaleé un poco, me así de la mesa, agarré mi vaso y  lo vacié hasta la última gota.   

Nadie se atrevió a hablar, hasta mis compañeros enmudecieron y  salieron del local, sin siquiera hablarme. Ellos, sobre todo, me habían advertido de la inconveniencia de mi relación con el jefe. Pero yo no quise escucharlos, estaba ciega de amor.  

¿Por qué tuvo que hacerlo de esta forma? Si me lo hubiera dicho habría entendido, hubiera aceptado su determinación ¿Lo habría hecho? Por supuesto, él percibió, mejor que yo, que no sería una ruptura fácil y tomó esta decisión.  Los últimos días yo  había estado reclamando su ausencia y silencio, cuando no tenía ningún derecho para hacerlo. 

 Cuando salí del local bamboleándome, después de haber tomado unos tragos más, nadie me detuvo, sólo me alargaron la cartera y el abrigo que estaba dejando en la silla. Ya en la calle caminé y caminé, sin rumbo, durante varias horas hasta que llegué a ese desconocido, sucio y oscuro callejón.  

Ya aplacada mi angustia, después de llorar  y llorar, sentí brotar mi orgullo herido, hice un esfuerzo y me puse de pie; estaba amaneciendo y podía sentir los primeros rayos del sol en mi helada cara. Ya es un nuevo día –pensé- y seguí  caminando hacia la salida.    

(*) de Callejón de Salida, Olga Starzak, En el Umbral de los Encuentros, cuentos -
     

¿Por qué escribo?, de Alfredo Pita, escritor peruano

{ martes, 9 de noviembre de 2010 }
En otra época, joven e inexperimentado, hubiese tendido a responder con las fórmulas consabidas de que escribo para combatir a la muerte o para darle sentido a la vida, posturas éstas que son de poca ayuda frente a un asunto no tan sencillo.

Escribo porque, de todas las actividades que puedo realizar en forma más o menos correcta, es la única que me ayuda a encontrarme conmigo mismo, a explorar y utilizar una voz que, ambiciosa y humanamente, quisiera que sea mía, propia.

Escribo también porque a veces tengo la enorme ilusión, digo bien la ilusión, de que tengo algo que decir sobre la vida, la gente y las cosas, así como la grandísima pretensión de que, además de las ganas, tengo los medios para hacerlo.

Cuando era joven pensaba que solitarios son los actos del poeta, como ha dicho un poeta, pero con el tiempo he visto que no es así, que necesitamos de los demás. No puedo pretender sin embargo que escribo para los otros, pensando en los otros. No puedo atribuir a los demás mis combates con mis fantasmas y demonios, ni responsabilizar a nadie por los buenos o malos resultados.

Esto no quiere decir que no me guste que los otros aprecien lo que hago y que me den su amistad o me quieran o respeten por ello. Esto es humano también y cuando ello se da no sólo me pone sumamente contento sino que me alienta en mi trabajo.

Escribo, por último, para no seguir enredándome cada día con las mil historias que yo mismo me he prometido a través de los años y que no he culminado porque no he tenido el tiempo o la maña para hacerlo. La mayor parte de ellas duermen en cajones reales o en los de la memoria. Mi vida es un combate por poner en orden viejos apuntes que aspiran a ser historias, viejas historias que esperan ser cuentos o novelas, viejas novelas que quisieran verse cerradas de una vez por todas y tener un punto final.

Queísmo y Dequeísmo

{ jueves, 4 de noviembre de 2010 }



Cuando un verbo acepta sólo la pregunta ¿QUÉ? (¿qué pienso?, ¿qué dice?, ¿qué opinaron?), debe construirse con QUE: pienso que..., dice que..., opinaron que...
Cuando un verbo acepta sólo la pregunta ¿DE QUÉ? (¿de qué se convenció?, ¿de qué me persuadieron?), debe construirse con DE QUE: se convenció de que..., me persuadieron de que...
Cuando se pueden formular ambas preguntas (¿qué me aseguré? o ¿de qué me aseguré?; ¿qué dudo? o ¿de qué dudo?), se aceptan ambas construcciones: me aseguré que... o me aseguré de que...; dudo que... o dudo de que...

El microrrelato: una narración con identidad propia.

{ lunes, 25 de octubre de 2010 }

Como un punto definido en el universo literario surgen ya  en la Edad Media -sin nombres ni conceptualizaciones que aboguen o desvirtúen su existencia- los cuentos cortos, o cortísimos. Una construcción sintáctica que nace por la necesidad de lo conciso, y poco después nos seduce  por su compleción y nos inquieta por su vacuidad. Historias que carentes de medida, enumeración de palabras, frases o formas, responden a un único patrón: el del placer estético. Ese relato de pasión, muerte, condena, dolor o amor...  que ordena unas pocas acciones, menos personajes, un nudo disimulado y un desenlace que, aunque no explícito, se imagina; y envuelve al lector en el sagrado acto de emocionarse con la emoción ajena.
No quiero entrar, al menos no en esta breve referencia a los microrrelatos, en ninguna clasificación.  No importa si se trata de cuentos cortos, breves, brevísimos o minicuentos. Se trata de reconocer en ellos la esbeltez de la palabra, la magia de mostrar en un acto el  espectáculo, la osadía de dejarse llevar hacia lo desconocido, el desafío de descifrar lo no dicho, la virtud de elegir de qué modo hacerlo...
Ya  escribieron microrrelatos, en el siglo pasado, Ramón Gómez de Serna en España, Kafka en Alemania,  Huidobro en América... (hay quienes sostienen que lo son también las parábolas de Jesús). Sería una falta de consideración no mencionar a Monterroso, Borges o Cortázar; o no referirme a Anderson Imbert, a Shua, o Brasca...  Hay muchísimos y destacados  precursores y seguidores en el gran abanico que conforma esta innovación en el mundo de las letras.
 ¿Qué escritor -o quien intente serlo- no ensayó alguna vez con el cuento breve o la mini ficción? O no lo cautivó esa estructura acotada que se sucede con la fuerza descomunal del rayo, se desarrolla en la fugacidad y se  agota en el éxtasis?
¿Quién no se desafió, valiéndose solo de una intención, muchas veces de la agudeza, a veces de la parodia, en ocasiones de la ironía... a condensar en unas pocas líneas, la vida toda?
En lo personal creo que el microrrelato es a la prosa lo que el haiku es a la poesía. Su título cobra relevancia como en ningún otro género, y  la mayoría de las veces forma parte del contenido. Dice lo que puede y calla lo que quiere. Se vale tanto de la reflexión, del aforismo, la observación de la realidad, la imagen literaria o el  intertexto... No tiene límites imaginativos, no cae preso de ninguna temática. Y aunque  juega a definir su extensión (que es en el arte definir lo indefinible), el poema oriental tiene en su dimensión concreta, una norma que lo caracteriza. Pero ambos se valen de la brevedad para expresarse.
Ahora me pregunto, ¿hay acaso formas para que, recurriendo a las palabras, los hombres puedan manifestar sus infinitas emociones? Es entonces cuando es indispensable rendirle culto a las palabras en su multiplicidad de opciones, en su diversidad de géneros; y elegir siempre aquella con la que nos sintamos más identificados. Sin olvidar que, a veces, un silencio también cuenta una historia.
Pero eso es otro tema.

Olga Starzak