El microrrelato: una narración con identidad propia.

{ lunes, 25 de octubre de 2010 }

Como un punto definido en el universo literario surgen ya  en la Edad Media -sin nombres ni conceptualizaciones que aboguen o desvirtúen su existencia- los cuentos cortos, o cortísimos. Una construcción sintáctica que nace por la necesidad de lo conciso, y poco después nos seduce  por su compleción y nos inquieta por su vacuidad. Historias que carentes de medida, enumeración de palabras, frases o formas, responden a un único patrón: el del placer estético. Ese relato de pasión, muerte, condena, dolor o amor...  que ordena unas pocas acciones, menos personajes, un nudo disimulado y un desenlace que, aunque no explícito, se imagina; y envuelve al lector en el sagrado acto de emocionarse con la emoción ajena.
No quiero entrar, al menos no en esta breve referencia a los microrrelatos, en ninguna clasificación.  No importa si se trata de cuentos cortos, breves, brevísimos o minicuentos. Se trata de reconocer en ellos la esbeltez de la palabra, la magia de mostrar en un acto el  espectáculo, la osadía de dejarse llevar hacia lo desconocido, el desafío de descifrar lo no dicho, la virtud de elegir de qué modo hacerlo...
Ya  escribieron microrrelatos, en el siglo pasado, Ramón Gómez de Serna en España, Kafka en Alemania,  Huidobro en América... (hay quienes sostienen que lo son también las parábolas de Jesús). Sería una falta de consideración no mencionar a Monterroso, Borges o Cortázar; o no referirme a Anderson Imbert, a Shua, o Brasca...  Hay muchísimos y destacados  precursores y seguidores en el gran abanico que conforma esta innovación en el mundo de las letras.
 ¿Qué escritor -o quien intente serlo- no ensayó alguna vez con el cuento breve o la mini ficción? O no lo cautivó esa estructura acotada que se sucede con la fuerza descomunal del rayo, se desarrolla en la fugacidad y se  agota en el éxtasis?
¿Quién no se desafió, valiéndose solo de una intención, muchas veces de la agudeza, a veces de la parodia, en ocasiones de la ironía... a condensar en unas pocas líneas, la vida toda?
En lo personal creo que el microrrelato es a la prosa lo que el haiku es a la poesía. Su título cobra relevancia como en ningún otro género, y  la mayoría de las veces forma parte del contenido. Dice lo que puede y calla lo que quiere. Se vale tanto de la reflexión, del aforismo, la observación de la realidad, la imagen literaria o el  intertexto... No tiene límites imaginativos, no cae preso de ninguna temática. Y aunque  juega a definir su extensión (que es en el arte definir lo indefinible), el poema oriental tiene en su dimensión concreta, una norma que lo caracteriza. Pero ambos se valen de la brevedad para expresarse.
Ahora me pregunto, ¿hay acaso formas para que, recurriendo a las palabras, los hombres puedan manifestar sus infinitas emociones? Es entonces cuando es indispensable rendirle culto a las palabras en su multiplicidad de opciones, en su diversidad de géneros; y elegir siempre aquella con la que nos sintamos más identificados. Sin olvidar que, a veces, un silencio también cuenta una historia.
Pero eso es otro tema.

Olga Starzak

SUEÑOS BLANCOS, Carmen Larraburu, participante del taller

{ viernes, 15 de octubre de 2010 }

Me preparo para salir con  6  camellos blancos. Los observo  pastando en el jardín de Lila.  El día es espléndido. Los  camellos me miran con sus desorbitados ojos y no dejan de jadearme  en la cara. Me causa gracia y ternura.
Uno a uno los acaricio; ellos  se agachan,  de esta manera nos permiten  subir a su altísimo lomo.
En un instante forcejeo con el moisés, me cuesta introducirlo entre las jorobas del animal. Con dos cuerdas que van y vienen por la panza aseguro el viaje de la beba.  Desde el amanecer, ella continúa dormida
Otra de  mis hijas  no deja de tirarme de la pollera insistentemente.  Teme que la dejemos. Subo a Andrea y con un beso muy ruidoso me despido de ella.  La   coloco a caballito del animal.  Se queda tranquila mirando como ordenamos la salida.
Fernanda,  la hija del medio,  se alegra y juega entre las patas del camello.  En punta de pies,  con sus bracitos en alto,  pide que la suba. Así lo hago. Está  feliz,  saluda  ¡No sé a quién! Se despide ¡No sé de qué!  
Mi amiga Maria Isabel  está preparando los bolsos para acomodarlos en el camello más petiso de la manada. El color beige  del pelo  denota su extrema vejez. Sus largas pestañas blanquean  la luz del lugar,  así como el sol ilumina a la galaxia.
Los animales ya cargados con todas nosotras beben agua y se comen las últimas hojas de los ruibarbos. Los labios superiores divididos y movibles de estos mamíferos degluten las flores amarillas y verdes de las  plantas.
Uno de ellos, con una mueca horrible en la boca, da un escupitajo,   ahuyenta  a los sapos de la laguna. A la huida de los mismos miro  con placer como ondea el agua.
Nuevamente declinan su largo cuello para continuar con su alimentación. Nos  miramos con María Isabel y  sentimos  vértigo.  Seguimos aferradas a la joroba. Nos bambolean sus toscos  movimientos. Ellos  continúan con su pasividad, rumiando.
Olfatean el manantial de Huidoro. Pareciera que vamos a salir,   dan la media vuelta y escucho una voz llamándome. Es Lila.
—Elisa, Elisa…a las  niñas no les queda leche  para la tarde...
Desde lejos le respondo.
—Bueno Lila, voy a conseguirles. ¿Me cuidás a las nenas?
—¡Síííí!  —muy alegre responde ella.
Invito a Maria Isabel a que me acompañe. Comenzamos  tranquilas a  caminar  por las calles del pueblo.
Apenas avanzamos me  doy cuenta de que nos falta fluidez para  caminar. La noche es muy oscura, sin estrellas y sin luna. Me doy vuelta y veo que el patio de entrada de la casa de Lila  está envuelto en una iluminación increíble. Puedo  reconocer hasta el mínimo detalle de cada silueta. Pienso  ¿Qué extraño?
Llegamos con la leche al lugar. Los camellos y mis hijas no se encuentran  en el patio  de Lila.
Con desesperación comienzo  a andar el camino desandado, el mismo que habíamos utilizado para ir a comprar la leche. Se nos suma un conocido,   Juan Pedro,  dueño de un boliche llamado “El Americano”.   Recién había despachado a sus últimos clientes. El Señor  andaba de ronda.
Llegamos a la Comisaría y nos atendió un señor peinado de costado,  el pelo castaño claro, con una gruesa cicatriz en el pómulo izquierdo.  Nos recibe, muy sonriente, en su despacho.
Llegado  hace unos días al pueblo,  se presenta y nos dice que es el  nuevo  comisario.
Le comentamos lo ocurrido, y el señor muy amable, se acerca y   me abraza 
—Señora, sus hijas se encuentran muy bien y la están  esperando en casa. Vaya,  allí están.
Sin consuelo le respondo
—No puede ser señor. ¿Cómo van a llegar hasta allí? Si la noche es muy oscura y hasta cuesta caminar por las  calles y veredas desdibujadas.
Continúo con el diálogo
—Los camellos no están y mis hijas son muy chicas para darse cuenta de lo que tienen que hacer, temo lo peor señor, no volverlas a ver.  
El comisario  insistió varias veces, repitiendo la misma frase. Era tanta su seguridad que pensé que querría deshacerse de nosotros
Retomo el camino con mis amigos, a duras penas pudimos llegar hasta la puerta de mi casa. Introduzco  la llave en la cerradura ¡Vaya sorpresa! A toda música, color, brillos, sonrisas, alegrías, el moisés y la beba se encuentran  en el medio de la cocina, las otras dos hijas juegan  alegremente con el comisario del pueblo. El señor Cendra.
—¿No le dije, señora? ¡Sus hijas están  en resguardo…!









La última noche, de Marcela Redondo Moreno, participante del taller

{ viernes, 1 de octubre de 2010 }



“Cuando acabé de leer ese artículo por primera vez, dije para mis adentros: esta es la historia más horrible que he leído en la vida”.  Era de madrugada, hacía dos días que una gran tormenta no cesaba y yo sola en casa… ¡Maldición! Sería una larga noche.

Es que algo no encajaba. Cómo podría ser posible que si hacía casi ya un año que vivía en este departamento, no había encontrado esa nota antes. Sería entonces una sucesión de coincidencias.
 Probablemente había limpiado esa mesita unas doscientas veces, pero hoy con el punzante dolor que indujo la astilla en mi dedo gordo, no pude evitar darle un golpe que provocó la ruptura de uno de sus cajones, dejando al descubierto este macabro mensaje que había sido ocultado con precisión entre las dos gavetas principales.
Quizás debería llamar a la policía…

Haber leído las últimas palabras de esta persona, a segundos de su muerte, erizó todos los vellos de mi nuca. Me conmovía pensar en esa desesperada tarea de escribir lo primero que se les cruzara por la mente, antes de terminar con sus vidas.
El mensaje era poco legible y la hoja estaba en pésimas condiciones, se notaba que un mar de lágrimas había caído sobre la misma.

La densa tensión que se había creado en mi living fue salvajemente cortada por un imponente trueno. Con la torpeza que caracteriza al terror, corrí al teléfono para llamar a la policía pero… un frío sudor se deslizó por mi  frente al percatarme de que las líneas estaban cortadas. Presa del pánico caminé hacia la ventana para observar la tormenta que se acrecentaba ante mí.

Dediqué mi atención otra vez a la carta empapada entre mis húmedas manos.  La estiré con delicadeza y noté que la letra era todavía más borrosa, sólo algunas palabras eran legibles; miedo, final, dolor, muerte, y siempre te voy a amar Rebeca…
Finalmente me di cuenta de que esta carta tenía un destinatario y que posiblemente había sido escondida para que éste la encontrara.

No sé cuánto tiempo estuve sentada en el sofá, poseída por una gran cantidad de pensamientos y teorías que me llevaban a raras conclusiones de lo que podría haber ocurrido. ¿Por qué Sofía no había tratado de huir antes de que su madre la matara? ¿Se sentiría culpable por algo y creería que era justo? Quizás Rebeca, ahora sentada al lado de su abuela, no sospechaba que estaba junto a la asesina de su mamá.

La tenue luz del amanecer inundó mi sala y yo desperté del estado en el que estaba sumergida. La tormenta había cesado para dejar lugar a una fresca mañana.
Abrí las ventanas e inspiré con amargura y dolor la gentil brisa de ese nuevo día.

Sólo había algo que podría hacer. Descolgué el teléfono y percibí que otra vez tenía tono. Llamé a la inmobiliaria pidiendo información de la anterior inquilina, pero una impasible voz  me explicó que era confidencial.  Logré convencerla al comentarle que tenía algo que le pertenecía a Sofía. Al fin me concedió los datos, pero sin dejar de advertirme que tal vez no la encontraría, pues no habían recibido el departamento de parte de ella, sino de su preocupada madre indicando que su hija se había marchado en un viaje de negocios y que no regresaría en un buen tiempo.

¡Qué astuta fue esta mujer! Había llevado a cabo su plan sin que nadie sospechara. Debería llamar a  la policía; tenían que intervenir, ¿qué iba a poder hacer yo sola frente a una asesina?
Me sentía un poco más animada ocupándome de  que esta joven tuviera por fin justicia.
 Volví al teléfono pero esta vez me encontré con una voz más clara e imponente
—Policía, buenos días.
—Hola, necesito hablar con algún detective, encontré evidencias de un asesinato.
—Dígame su nombre y dirección, por favor.
—Belén Torres, y vivo en la calle 5 al 2100 —Sentí como si mi pecho se inflara, quizás por los nervios o el orgullo que esto ameritaba. 
—Muy bien, en aproximadamente una hora, dos detectives se acercarán a su domicilio.

Una hora, ideal para una ducha; estaba toda transpirada después de la agitada noche que había vivido. Y sin duda, me esperaba un largo día.

Limpié parte del espejo todavía empañado y observe mis ojeras, estaban muy pronunciadas.  Mientras las ocultaba con corrector, alguien llamó a la puerta. ¡Demonios!  Ya habían llegado. Me apresuré a vestirme gritando que no tardaría en atender.
 Corrí a la puerta y  miré con cierta dificultad por el visor: una señora que parecía tener una canasta, tal vez era esa nueva vecina que se había mudado.
Abrí espontáneamente y entendí que había sido un grave error.

(*) Paul Auster, en La noche del Oráculo

Corrección del mal uso de algunas preposiciones.

{ domingo, 19 de septiembre de 2010 }
   
Incorrecto Correcto Incorrecto Correcto
De acuerdo a tu pedido De acuerdo con tu pedido Es diferente a tu gato Es diferente de tu gato
Bajo un pie de igualdad Sobre un pie de igualdad Sentarse en la mesa Sentarse a la mesa
Cuestión a resolver Cuestión por resolver Voy del médico Voy al médico
Sueldos a cobrar Sueldos por cobrar Disiento con usted Disiento de usted
Cartas a contestar Cartas por contestar Bajo esa base pactaron Sobre esa base pactaron
Bajo ese punto de vista Desde ese punto de vista Quedamos de que iría Quedamos en que iría
Empapado de lágrimas Empapado con lágrimas Cocina a gas Cocina de gas
Habló delante mío Habló delante de mí Estaba cerca nuestro Estaba cerca de nosotros
Hojeó al libro Hojeó el libro Ocurrió de casualidad Ocurrió por casualidad


        Dequeísmo y queísmo.    


Cuando un verbo acepta sólo la pregunta ¿QUÉ? (¿qué pienso?, ¿qué dice?, ¿qué opinaron?), debe construirse con QUE: pienso que..., dice que..., opinaron que...
Cuando un verbo acepta sólo la pregunta ¿DE QUÉ? (¿de qué se convenció?, ¿de qué me persuadieron?), debe construirse con DE QUE: se convenció de que..., me persuadieron de que...
Cuando se pueden formular ambas preguntas (¿qué me aseguré? o ¿de qué me aseguré?; ¿qué dudo? o ¿de qué dudo?), se aceptan ambas construcciones: me aseguré que... o me aseguré de que...; dudo que... o dudo de que...
   

    Uso correcto de algunos adverbios    Uso correcto de algunos adverbios.    


Los adverbios PURO, MEDIO, MEJOR y PEOR son invariables.
Correcto: Está medio fatigada. Incorrecto: Está media fatigada.
Correcto: Lo hizo de puro tonta. Incorrecto: Lo hizo de pura tonta.
El adverbio DESPACIO significa "lentamente", no "en voz baja".
Correcto: Hablar en voz baja. Incorrecto: Hablar despacio.
El adverbio HOY hace referencia al día en que se vive, no a un momento de él.
Los adverbios ADELANTE, ATRÁS, ABAJO, ADENTRO, AFUERA no admiten complemento
Los adverbios DELANTE, DETRÁS, CERCA, DEBAJO, FUERA admiten complemento.
El adverbio MÁS va pospuesto a NADIE y NADA.






Uso correcto del gerundio.
   


En frases verbales, el gerundio se utiliza para dar idea de duración o continuidad de la acción, o para expresar inmovilidad.

Sigue lloviendo.
Se quedaron esperando la respuesta.
Los legisladores están discutiendo aún el proyecto.


Cuando funciona como adverbio, puede utilizarse para indicar un acción simultánea o inmediatamente anterior a la del verbo principal.

La carreta va relinchando.
Mirando las noticias hallé tu nombre.
Caminando por el barrio se encontró con un amigo.


Utilizar el gerundio para dar idea de posterioridad o consecuencia es incorrecto.

Incorrecto: Cortázar viaja a Francia, muriendo en ese país años después.
Correcto: Cortázar viaja a Francia y muere en ese país años después.
   

La lectura y los jóvenes

{ jueves, 9 de septiembre de 2010 }
La palabra es el puente que nos permite transitar el camino hacia la libertad. Una libertad que nacerá desde el interior de cada ser, pero que la lectura alimenta para que crezca, ande, se fortalezca y adquiera alas. Es en el hacer cotidiano donde todo aquello que incorporamos a través de la lectura, cobra relevancia; porque leer es una actitud de vida, es buscar respuestas, es sumergirse en mundos creados por otros y hacerlos propios; es animarlos y enriquecerlos. Es navegar en aguas cálidas y tranquilas, o frías y turbulentas, pero saber que la costa está allí... al alcance, y que se puede recurrir a ella con sólo cerrar el libro que se sostiene entre las manos.
Leer es la posibilidad de tomar decisiones.
Cuando nuestros ojos recorren ansiosos, azorados, enternecidos o agobiados las líneas de una página escrita, se abren mundos infinitos, mundos que crea el mismo lector. Aquel que se permite vivir las experiencias más variadas, muchas similares a las que acontecen en la realidad.
Leer es alzarse en vuelo y recorrer el universo, regresar... Buscar nuevas respuestas y ¡volver a volar!
Los adultos debiéramos abrirles a los jóvenes, si es que alguien no lo ha hecho en su temprana edad, el excitante mundo que conlleva al placer por la lectura. Brindarles la oportunidad de descubrirlo a partir de experiencias nuevas y recreativas, ayudarlos a traspasar el umbral impuesto por una formación académica que –muchas veces– ha hecho del acto lector un ejercicio sacrificado o forzoso. Para ello es necesario darle la posibilidad de optar, enfrentarlo al propio interés, hacerlo voluntaria y reflexivamente. Esa es tarea de los docentes: tender puentes, abrir los caminos, acercar el mundo literario con herramientas que despierten el deseo de ser usadas. Si le damos a un adolescente un capítulo cualquiera del “Don Quijote de la Mancha” y además les hacemos subrayar las ideas principales, hacer una síntesis de lo que pretendió decirnos Cervantes y relacionarla con su escenario geográfico, terminará aborreciéndolo, y correremos el riesgo de que ya nunca más muestre interés en leer la obra maestra de la Literatura Española. Claro, este es sólo un ejemplo, al igual que los cuentos de Edgar Allan Poe, o muchísimos de Cortázar, nos garantizarían el interés del joven. ¿Por qué entonces no tener presente, antes de elegir el material de lectura que le ofreceremos, cuál es la etapa evolutiva por la que atraviesa, cuáles son sus intereses, cuáles sus necesidades inmediatas?
Es necesario desechar la tendencia de abordar la lectura desde un enfoque exclusivamente comunicacional, la idea del libro como depósito de información, el concepto de texto utilizado con fines meramente didácticos. Es imprescindible permitirles descubrir cuánto les gusta leer, o cuánto les gusta escribir. Al cabo de poco tiempo comprobarán que, a través del entrenamiento espontáneo, sistemático y placentero, su expresión oral y su expresión escrita han ejercitado modificaciones significativas y consecuentes. Y como si eso no bastara –por sí mismo–, también habrán experimentado un crecimiento personal y cultural, habrán reorganizado su universo simbólico y encontrado nuevas formas de involucrarse en el entramado social.
Y como la lectura no se puede pensar descontextualizada del acervo cultural de una sociedad, las escuelas y las bibliotecas, y la familias y la comunidad escolar toda, si se comprometen con la juventud en este sentido, sentirán el impacto de ser partícipe del mágico mundo de la palabra.
Nadie sale indiferente de la experiencia de leer.
Olga Starzak

El hombre del tren… de Celia María Soto Payva, participante del taller

{ lunes, 30 de agosto de 2010 }


 Cineasta, antropólogo; había dejado pasar el tiempo hasta tomar la decisión de viajar a América del sur. Al otro lado del océano quedaba su trabajo universitario y alguna relación afectiva. Lo entusiasmaba  la idea de plasmar en un corto cinematográfico la vida cotidiana de la gente de la Patagonia; indagar su origen primigenio y su posterior desarrollo. Soñaba con “el fin del mundo”, como llamaban a Tierra del Fuego. Tan lejana de París, tan cercana en su corazón a partir de los libros. Lo atraía ese territorio surcado de mares y glaciares… Se preguntaba si no sería “el principio del mundo”.


El tren comenzó a moverse lentamente. La muchacha de ojos oscuros caminó el pasillo y eligió sentarse a su lado. El no tenía deseos de hablar con nadie, volteó entonces la cabeza para observar el paisaje a través del vidrio.


A veces tomaba fotografías, escribía en una agenda. Transcurrieron más o menos 40 minutos desde la partida, cuando el guarda apareció en el vagón solicitando los pasajes.


En ese instante la joven preguntó —¿Señor, usted adónde viaja? 


El hombre la miró, luego dijo —a Tierra del Fuego, Patagonia.


Ella sonrió creyendo que el vecino de asiento desdeñaba su charla. Entregó su boleto para control, después lo ubicó en la cartera.


El cedió el suyo al empleado y éste advirtió desconcierto; se pasaba la mano por la barbilla, hasta que al fin, con voz ronca sentenció —Señor, ha errado el camino. No viaja hacia el sur, sino al norte. Exactamente hacia Jujuy. Además este pasaje no sirve, debo consultar con mi superior.   


El hombre lamentó la confusión, habló sin parar en francés, nadie entendía lo que decía. Estaba de pésimo humor.


La muchacha dejó pasar unos minutos, lo observaba con disimulo…  Luego retiró de su vianda pan y queso y le ofreció la mitad de la porción. Esta vez él aceptó y comieron en silencio.


Llegó la noche con la bruma habitual en esos parajes de plantaciones de citrus, sembradíos de soja; con el río Paraná serpenteando a un costado de las vías.  


—No se preocupe —dijo ella. —Como es extranjero la empresa cambiará su boleto. Tal vez le devuelvan el dinero —agregó— Es el destino. Creo que no debe ir en contra de él.


—Estoy furioso conmigo mismo. Necesito llegar al sur; cumplir un trabajo.   Son pedazos de sueños de toda la vida —comentó en buen español.


—El norte es bonito. Conocerá montañas de colores, cascadas que saltan entre las rocas para convertirse en cauces de agua, sinuosos, en medio de una vegetación selvática o árida. Los ríos buscan como usted, llegar; en este caso al mar. Existen cumbres con nieves eternas… La gente es hospitalaria, sencilla —señaló ella.


El empleado regresó para comunicarle que le cobrarían sólo el importe del seguro de vida. Podía seguir el viaje como una invitación de la empresa. O descender en algunas de las provincias donde el tren tenía sus paradas.


La muchacha insistió en que lo sucedido era una señal.


—Desafiar a la providencia no es bueno  —dijo.


El hombre estaba perturbado. Todo el tiempo percibía la vida con rutas secundarias… algo así como que el hombre proponía y alguien superior disponía otras cosas. No sabía las consecuencias de lo incierto.


Ella, sentada a su lado nombra la palabra ventura. Él, no cree en el azar. ¿Simetría?


Ahora la mujer le explica con cierto arrebato características de la región. Cuenta la existencia de ciudades sagradas. La cultura y herencia de los pueblos originarios. Las leyes que regían el incanato; como la del divorcio —dice— casi perfecta.


Presta atención a las palabras de la muchacha. Los personajes que viven en los altos de la puna despiertan su interés como antropólogo.


Más tarde, la joven hizo silencio. Retiró de su bolso una manta colorida y se envolvió en ella. —Medianoche —señaló.


—No se arrepienta. Será protagonista de una historia maravillosa. El sur lo esperará… Enriquecido interiormente, usted gozará de su “fin o principio del mundo”… Sólo que esta vez no deberá confundir al destino en un tren equivocado —dijo.


El la miró cerrar los ojos, dormirse plácidamente en el asiento de cuero.


Se arregló los  cabellos con la mano, admitió que la muchacha era hermosa.


Después meditó sobre el Norte y el  Sur, puntos fundamentales en su vida.

Celia María Soto Payva reside en Santiago del Estero



Aportes para una correcta escritura

{ lunes, 23 de agosto de 2010 }

Concordancia entre sujeto y verbo

 


El verbo concuerda con el núcleo de su sujeto en número y personas gramaticales.
 Los faroles de la esquina proyectan su luz mortecina.

 Faroles: 3ª persona plural
 Proyectan: 3ª persona plural
  Casos Especiales
A sujeto compuesto corresponde verbo en plural.
 El ciruelo y el duraznero eran nubes rosadas
 Ciruelos y durazneros eran nubes rosadas.
 
Si los núcleos de un sujeto compuesto representan a personas gramaticales distintas, para la concordancia se prefiere la primera persona a la segunda, y ésta, a la tercera. En cuanto al número, por tratarse de un sujeto compuesto, el verbo va en plural.
 Tú, él y yo constituiremos una sociedad formal.
 Tú: 2ª persona singular
 Él: 3ª persona singular Constituiremos: 1ª persona plural
 Yo: 1ª persona singular
 Tú y él conocéis mis puntos de vista.
 Tú: 2ª persona singular Conocéis: 2ª persona plural
 Él: 3ª persona singular
 
USTED y su plural USTEDES -pronombres de 2ª persona- se usan con el verbo en 3ª persona.
 Usted siempre está dispuesto a todo.
 Usted: 2ª persona singular. Está: 3ª persona singular.
 Ustedes desconocen la lección del día.
 Ustedes: 2ª persona plural. Desconocen: 3ª persona plural.
 
Si el núcleo del sujeto es un sustantivo colectivo seguido por un complemento cuyo término está en plural, el verbo podrá concordar indistintamente ya en singular con el colectivo núcleo, ya en plural con el término del complemento.
 La bandada de gallaretas volaba a ras del suelo.
 La bandada de gallaretas volaban a ras del suelo.

Cuando en un sujeto compuesto, uno de sus núcleos los resume o contiene significativamente a todos los demás, el verbo concuerda en singular con dicho núcleo.
 El papá, la mamá y los niños, la familia en pleno, saldrá de vacaciones.
 
Cuando los núcleos singulares de un sujeto compuesto están unidos por los coordinantes NI y O, es frecuente y posible el empleo del verbo ya en singular, ya en plural.
 Uno u otro espera su recompensa.
 Uno u otro esperan su recompensa.
 Ni uno ni otro comprende su actitud.
 Ni uno ni otro comprenden su actitud.
 
Cuando los núcleos de un sujeto compuesto son formas neutras, el verbo se emplea en singular.
 Esto y aquello interesa poco.
 
Cuando los núcleos de un sujeto compuesto son infinitivos, el verbo se emplea en singular.
 Me agrada estudiar y dibujar.
 Ir y venir resulta fatigoso.

Extraído de La Barca de la Cultura (www.labarcadelacultura.com)