El acto de escribir y sus efectos terapéuticos

{ domingo, 25 de julio de 2010 }


Innumerables libros de literatura muestran la necesidad emocional de sus autores de traducir en palabras sus propias vivencias, o referirse al variado abanico de los conflictos existenciales. Citar ejemplos sería interminable. Por recordar solo algunos pensemos en Miguel de Cervantes en El Quijote de la Mancha, Thomas Mann en  La Montaña mágica,  Francisco Umbral en Mortal y rosa, Enrique Vila-Matas en Doctor Pasavento, Orhan Pamuk en Estambul.
Se conocen -porque se ha teorizado mucho sobre el tema- los efectos terapéuticos de la escritura. Cualquiera persona que lo haya experimentado podría corroborarlo.  Es sabido y vale recordar que las situaciones emocionales conflictivas (dramáticas, dolorosas, traumáticas...), guardadas tal un cofre de malos recuerdos producen dolor, desazón, miedo y hasta enfermedad en quienes no quieren o no encuentran el camino para dejarlas andar... y verlas alejarse. El acto de escribir se constituye en sí mismo un sendero propicio: una carta de amor, una de perdón, otra de confesión o aquella de bronca desata sin más el nudo que estuvo allí en nuestro estómago, acuciante, o la opresión que en el pecho nos impedía respirar con holgura. Los mismos resultados puede lograr una reflexión hecha texto, un temor expresado en palabras, la narración escrita de una circunstancia, la crónica de un hecho que nos tuvo por testigos... La “escritura confesional” como método curativo es también una claro ejemplo de esto. Pero no quiero ahondar en un tópico que es facultad de los profesionales de la psicología. Sí quiero referirme al  hecho de escribir Literatura. Pensando en lo expresado anteriormente no es difícil entender que  tenga los mismos resultados sanativos;  no solo para quien la produce, sino también para quien la lee.
El escritor, aunque de manera inconsciente, habla a través de sus personajes. Se ponen en juego sus propias actitudes, su historia personal, sus miradas sobre la vida, sus valores, sus  emociones... Juega a desafiarlas, se convierte en la mejor de las personas, o en la peor... A libre albedrío elige el placer, el dolor, la violencia o la hipocresía. No lo hace siempre adrede, lo hace signado por la condición humana y las múltiples facetas del género. Y provoca en el lector los mismos efectos. Quien lee, como quien escribe, se somete espontánea y libremente -por deseo o por necesidad emocional- a una acción terapéutica en donde casi siempre está solo. Allí no debe exponerse a la mirada, a veces rigurosa, de ningún testigo, en su soledad puede mirarse a sí mismo y hasta sentirse acompañado, ya sea en su debilidad como en su fortaleza.
Es a partir de las palabras donde pueden producirse  momentos catárticos muy significativos,  es posible transitar senderos prohibidos sin ser visto,  gozar con el goce de otros sin comprometerse ni comprometerlos,  desnudar para siempre aquello que se ocultó con ansia. Es a partir de las palabras donde puede llorarse por el dolor ajeno sin ser consciente de que se llora por uno mismo.
No son exclusivamente las vivencias, los sentimientos o las emociones de los personajes los que producen efectos terapéuticos, son también el tratamiento de los tiempos y los espacios, sean estos reales o ficticios, del pasado o del futuro. Tan inciertos como posibles. Porque la condición humana tiene tanto o más de misterio que de realidad concreta,  y subyace en el ser la búsqueda permanente de encontrar las respuestas más balsámicas al problema existencial.
Creo, en lo personal, que hay para cada uno de nosotros una gama de opciones factibles de poner en práctica, sin necesidad de ser escritor, ni mucho más,  ni mucho menos.
A quienes nos gusta hacer literatura encontraremos alivio en nuestro espíritu a través de la poesía (género privilegiado a la hora de soltar las emociones), el cuento, la novela, la historia novelada... ¡Ni hablar de quienes escriben biografías! Otros lo harán a través de textos ensayistas, no ajenos a esta posibilidad. Y los más -y entre ellos todos-  dejando caer en la hoja  (o soltándolas como quien desenrosca el hilo para que vuele y vuele un barrilete) aquello que pugna por salir... ya sea  a modo de reflexión,  carta,  confesión,  monólogo o crónica.
En fin... las palabras: un psicoterapeuta al alcance, y al servicio de todos.

Olga Starzak

Marco Antonini. Periodista… de Celia María Soto Payva, participante del Taller

{ sábado, 17 de julio de 2010 }



Observé el libro rojo con las letras negras y el nombre de Marco a través del vidrio de la librería Arte. Decidida, entré al negocio y busqué en los estantes la obra del periodista que regresaba a la ciudad con su producción literaria.
La foto de Marco me advertía que había pasado el tiempo… Una década representaba una ausencia considerable para quienes habíamos compartido con él amistad y trabajo, conversaciones intensas.
El rostro de Marco denotaba huellas profundas… Arrugas, la frente despejada, los ojos oscuros, la misma mirada inflexible queriendo traspasar los límites de los otros; a veces  la de invitados poderosos y polémicos en encendidos debates.
Reparé en la barba blanca, tupida y los cabellos canosos, lacios –casi largos- conservando  un estilo. Era indudablemente un señor elegante y pulcro, de mediana estatura.
Su historia personal apenas conocida: casado, divorciado, sin hijos. Un hombre solo…
Todavía recuerdo su perfume. Sentíamos la fragancia de Kenzo quedarse por horas en el estudio mayor de la radio. Seguramente, el periodista era afortunado con el sexo opuesto.
Por su profesión, Marco viajaba constantemente. Países diferentes, lugares extraños, investigaba la geografía de la pobreza. Austero en sus apreciaciones, a veces severo para diagnosticar sobre las políticas que se implementaban con gentes abusadas en sus derechos humanos… Defendía la libertad como esencia primera del Ser. Denunciaba los desatinos cometidos contra las mujeres por razones religiosas, el hambre de los niños, los campos de concentración que existían en nuestro mundo globalizado por pensar diferente o por el color de la piel.
Marco transitaba la mitad de su vida. Estaba convencido de que un día caerían los muros de la ignorancia. La historia de las comunicaciones había cambiado a partir de los años noventa y la transformación tecnológica se instalaba en casi todos los lugares de la tierra. Marco buscaba en la nueva crónica periodística interactuar con el oyente, transmitir su pensamiento. Opinaba con vehemencia desde el micrófono. La mayoría de las veces él sostenía la evolución de la vida humana en el conocimiento, en el  esfuerzo y la voluntad. El significado de la vida para el periodista era la trascendencia y no la tragedia.  Reconocía que la sociedad tenía fisuras, crisis fundamentales en la manera de ser y de pensar, principios y valores que se desgajaban inevitablemente. Él ofrecía  un mensaje positivo a las personas. Creía en la permanencia, el equilibrio, la búsqueda más profunda de las cosas para dejar de lado lo ilusorio, lo oculto y revisar lo consagrado. Para penetrar en lo universal.
El libro de Marco se presentaría en el mes de mayo. 
Evidentemente, comprendería textos impregnados de mensajes sobre la dignidad humana. Sobre los milagros realizados (positivos o negativos) por el hombre en los último cien años, más allá de los resultados que pueden asombrarnos o atemorizarnos. Compré su libro con esperanza.
Mientras caminaba por la peatonal reflexionaba que la creatividad es un bien de todos, a veces un misterio que no tiene barreras. Puntos de referencia para una sociedad en conflicto que necesita valores perdurables, desechar el doble mensaje “Algunos pueden; nosotros no.” Encontrar el camino de lo simple, lo puro, lo auténtico… Tenía certeza, la creatividad de Marco volará en las páginas con gracia, esfuerzo y audacia en un mundo que sólo cree en beneficios materiales.
Marco Antonini. Periodista. Escritor… De regreso a la ciudad.

Celia María Soto Payva reside en Santiago del Estero, Argentina

LA INSPIRACIÓN, ESA MUSA QUE HABITA EN NOSOTROS

{ sábado, 10 de julio de 2010 }

Sabido es que el concepto de inspiración poética se origina en la creencia que el artista es elevado a la divinidad, transportado a un estado de éxtasis, que aún sin talento, una fuerza sobrenatural actúa “dictándole” palabras, frases, versos… y –claro está- los mismos no son obra de su propia mente, sino del dios que se ha apropiado de su consciencia.


Así las musas y también algunos dioses eran invocados, a través de plegarias,  por los griegos primero y los romanos después, para acceder a ese estado de encantamiento donde, como a borbotones, surgirían las odas más exquisitas, o los versos más románticos.


Talento, formación, destreza, técnica, motivación… no estaban entonces en juego, y el inspirado, entregado a las musas –tal como si estuviera en proceso hipnótico- delegaba en esa fuerza sensorial el goce por sus hechos creativos.


La idea persiste hoy en día aún cuando seamos conscientes de que, a la hora de la producción literaria, devenimos en únicos responsables de lo que nuestras manos van grabando en la hoja. Ahora bien, veamos cuáles son los factores intervinientes  en esa expresión. Desde mi punto de vista, ninguno es tan importante como la sensibilidad: el sentir del hombre que entregado a las pasiones, sumido en el dolor, extenuado de amor o herido por la impotencia da rienda suelta a su imaginación y deja caer las palabras en boca de aquellos personajes que nacidos o no de su creación le ofrecen un alivio sumamente placentero, actuando a veces de manera catártica.


No es sólo la sensibilidad. Obran también el estado mental y el anímico haciendo que aquella motivación aparezca y logre que las palabras besen la hoja, la acaricien sin premura, canten al compás de una melodía o bien sean escupidas, o hasta vomitadas. En ese sentido el motor que posibilita crear es la emoción por la que se transite.


Hasta el momento pareciera, entonces, que cualquier ser humano estaría en condiciones de escribir literatura. Sin embargo la diferencia estará dada por su  talento: esa capacidad innata que le brinda a una persona, con mucho menos esfuerzo que otra, la  facilidad para desarrollar una determinada disciplina.


El talento será alimentado por las experiencias de vida, sean estas personales o colectivas. Se traten de las almacenadas en los primeros años, en los tiempos escolares, en los procesos de crecimiento y desarrollo o las que –con mucha mayor conciencia- vamos eligiendo a veces y en muchas otras,  nos enfrenta la vida.


La sociedad de la que el escritor forma parte en el tiempo que le ha sido dada la existencia,  y el espacio geográfico que habita (o donde ha pasado gran parte de la vida) tienen así ascendencia sobre cómo esa aptitud va delineando formas diferentes a la hora de escribir.


Es aquí donde resulta necesario dedicarle un párrafo a la destreza. Aquella que le permite encontrar las palabras justas, las que cumplen con el fin propuesto, las  alineadas de tal manera que dicen exactamente lo que  pretende; las palabras que, como un juego laberíntico, están ubicadas en el sitio propicio para seguir andando el camino.


No menos importante es el estilo. Ese recurso estilístico que el escritor, a conciencia o no, imprime en sus textos y de algún modo lo caracterizan. En relación a este último concepto creo que quien reúne todas las características señaladas en los párrafos precedentes, no está limitado a un único estilo sino en condiciones de asumir distintos. El estilo irá variando, modificándose o adaptándose al texto que  va produciendo.


 Y entonces… la musa inspiradora, ¿dónde está? ¿En la divinidad o en la mente del ser humano?


 En el alma. Yo creo que en el alma de cada hombre que escribe, que tiene algo que decir, que desea proclamarse.


¡Busquémosla allí!


Olga Starzak

EL TEXTO LITERARIO, UN DESAFÍO

{ sábado, 3 de julio de 2010 }


Leamos de la mano del maestro Juan Rulfo, lo que significa crear para un escritor:

(…) “Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.
Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar. Esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia: ahora, yo le tengo temor a la hoja en blanco, y sobre todo al lápiz, porque yo escribo a mano; pero quiero decir, más o menos, cuáles son mis procedimientos en una forma muy personal. Cuando yo empiezo a escribir no creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo; ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas, para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera, aquél personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. De pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras él. En la medida en que el personaje adquiere vida, uno puede, por caminos que uno desconoce pero que, estando vivo, lo conducen a uno a una realidad, o a una irrealidad, si se quiere. Al mismo tiempo, se logra crear lo que se puede decir, lo que, al final, parece que sucedió, o pudo haber sucedido, o pudo suceder pero nunca ha sucedido. Entonces, creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar qué sabe uno, qué mentiras va a decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje.
A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo, dicen, nunca ha sucedido y es así. Para mí lo primero es la imaginación; dentro de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes está la imaginación circulando; la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a pensar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura. Concretando, se trabaja con: imaginación, intuición y una aparente verdad. Cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer: el trabajo es solitario, no se puede concebir el trabajo colectivo en la literatura, y esa soledad lo lleva a uno a convertirse en una especie de medium de cosas que uno mismo desconoce, pero sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear y seguir creando. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar. Ahora, hay otro elemento, otra cosa muy importante también que es el querer contar algo sobre ciertos temas; sabemos perfectamente que no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte. No hay más, no hay más temas, así es que para captar su desarrollo normal, hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles; no repetir lo que han dicho otros. Entonces, el tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas de otro modo; estamos contando lo mismo que han contado desde Virgilio hasta no sé quienes más, los chinos o quien sea. Mas hay que buscar el fundamento, la forma de tratar el tema, y creo que dentro de la creación literaria, la forma -la llaman la forma literaria- es la que rige, la que provoca que una historia tenga interés y llame la atención a los demás.
 Conforme se publica un cuento o un libro, ese libro está muerto; el autor no vuelve a pensar en él. Antes, en cambio, si no está completamente terminado, aquello le da vueltas en la cabeza constantemente: el tema sigue rondando hasta que uno se da cuenta, por experiencia propia, de que no está concluido, de que algo se ha quedado dentro; entonces hay que volver a iniciar la historia, hay que ver dónde está la falla, hay que ver cuál es el personaje que no se movió por sí mismo. En mi caso personal, tengo la característica de eliminarme de la historia, nunca cuento un cuento en que haya experiencias personales o que haya algo autobiográfico o que yo haya visto u oído, siempre tengo que imaginarlo o recrearlo, si acaso hay un punto de apoyo. Ése es el misterio, la creación literaria es misteriosa, y uno llega a la conclusión de que si el personaje no funciona, y el autor tiene que ayudarle a sobrevivir; entonces falla inmediatamente. Estoy hablando de cosas elementales, ustedes deben perdonarme, pero mis experiencias han sido éstas, nunca he relatado nada que haya sucedido; mis bases son la intuición y, dentro de eso, ha surgido lo que es ajeno al autor. El problema, como les decía antes, es encontrar el tema, el personaje y qué va a decir y qué va a hacer ese personaje, cómo va a adquirir vida. En cuanto el personaje es forzado por el autor, inmediatamente se mete en un callejón sin salida”. (…)

De, El desafío de la Creación en Toda la Obra - Juan Rulfo- Edición Crítica- Claude Fell, coordinador.


TRISTE ESPERA Juan Bessonart, participante del taller

{ jueves, 24 de junio de 2010 }

Lloraba. Su estómago no paraba de quejarse. Pina tenía hambre. La única ración de comida se había quemado mientras la recalentaba. Tendría que esperar al otro día.
Lloraba. Se enroscó sobre la almohada otra vez. Quiso seguir soñando.
Había sido un día agotador. Muy temprano caminó los cuatro kilómetros desde su casa al hospital. Llegó justo a horario. Tenía turno a las ocho con el médico.
No fue tan simple como esperaba. Un cambio de último momento impidió que le hagan la ecografía. No entendió si el médico estaba enfermo o el aparato estaba roto. Tampoco supo, ni pudo; ni quiso preguntar. ¿Para qué? ¿Acaso cambiaría algo? Estaba acostumbrada a ilusiones efímeras.
Se consoló pensando que un día, al fin,  conocería el sexo de su hijo. ¡Que sea varón carajo! gritó. Tendría que esperar.
Estaba sola en todo esto. Estaba sola en la vida.
Se preguntó si su mamá también habría deseado un varón. Sintió  culpa por haber forjado el destino de esa mujer.
Pina nunca conoció a su padre. Sin embargo conoció a muchos amantes de su madre. Desde muy chica. De algunos quisiera olvidarse para siempre, pero no podrá hacerlo jamás.
Lloraba. Caminaba bajando la pendiente; con la espalda arqueada buscaba el equilibrio. Le costaba mucho adaptarse a ese cuerpo de mujer. La panza la empujaba hacia delante.
Tal vez Lucas, su novio, se arrepienta. Tal vez cambie de idea y regrese. Cuando lo conoció se dio cuenta de que lo amaría toda la vida. Lo supo cuando la ayudó a escaparse de la casa. Lo supo desde que la poseyó por amor y no por dinero, como los amantes a su madre.
Quién sabe por qué se puso así cuando se enteró de la noticia. Nunca antes le había gritado. Nunca antes le había pegado.
Lloraba. Tuvo que detener su paso. La panza se hizo piedra. Tomó aire, se sentó en el tronco de un árbol caído.  Eran casi las doce,  tenía hambre y volvía con el alma triste y angustiada. Le hubiera gustado preguntar detalles, le hubiera gustado quejarse de algún modo, le hubiera gustado poder gritarle a alguien. ¡Nadie entendía lo que le pasaba! En ese lugar tan frío le respondieron simplemente: vuelva mañana.
Llegó a su casa. Panchi, alegre movió la cola al recibirla, se tiró al piso y se hizo pis.
Pina sintió el amor que le ofrecía, la acarició y juntas entraron a la casa.
Tenía más hambre cada vez. Por suerte quedaba algo del guiso de la noche. Era poco. Encendió la hornalla  y lo puso a calentar. Panchi comprendió y no le pidió nada. Se tiró en el piso con la cola entre las patas.
Pina se recostó en la cama, se abrazo a la almohada. Cerró los ojos, estaba agotada.
La sorprendió el ruido de la puerta al abrirse bruscamente. Asustada se levantó y no pudo creer lo que veía.
Lloraba, el llanto le empañaba la visión. Todo había tomado otro color, más brillo, más nitidez. ¿Sería esto la felicidad?
Lucas la miraba, no sabía qué decirle; no podía hablar. Por un momento no supo si venía a perdonarla, o solo a saludarla por su cumpleaños. Había cumplido catorce el día anterior.
No necesitó decirle nada, ella entendió cuando dio un paso y la abrazó, después un beso secó las lágrimas hasta arrancarle  una sonrisa. Hicieron el amor. Se quedaron acostados hablando un largo rato.
Coincidieron con un nombre, un nombre de mujer.  
De repente  todo se volvió borroso. Había humo, mucho humo, mucho olor.
Pina se despertó sobresaltada.
Lloraba. Su estómago no paraba de quejarse. Pina tenía hambre. La única ración de comida se había quemado mientras la recalentaba. Tendría que esperar al otro día.
Lloraba. Se enroscó sobre la almohada otra vez. Quiso seguir soñando.

Juan Bessonart es médico pediatra, reside en Puerto Madryn, Chubut.

YA ME SONREIRÁ LA SUERTE de Rosario Anze, participante del Taller

{ viernes, 18 de junio de 2010 }


Sabina cuelga la ropa, mientras dos de sus cuatro niños se agarran a su falda. Ella voltea la cabeza y mira a su esposo que, una vez más,  permanece sentado en la tierra, desde hace varias horas y a pleno sol. El panorama es desolador: unos cuantos árboles y arbustos secos, dos o tres gallinas buscando alimento, el caballo flaco atado a un tronco. Al fondo una  pequeña choza que los alberga cuando hace frío,  porque ahora con el  calor y la sequía es un infierno permanecer en ella. 
Como todos los días, ella se levantó muy temprano a ordenar su vivienda, dio el desayuno a  sus hijos, consistente en una taza de café y unos granos cocidos de maíz. El marido, a pesar de los reclamos de ella, permaneció en la cama por dos horas más y sólo el calor lo hizo salir de ella y de la casa.   
Después de esas tareas alimenta a los animales que quedan: un caballo y dos  gallinas. El resto lo vendieron, de a poco, para mantener a la familia, pues desde que dejó de llover y la sequía empezó, atraviesan una difícil situación. Su marido, a partir de ese momento y ante la pérdida de toda su plantación, no logra reaccionar. Está así, totalmente deprimido, y sólo sabe lamentar su suerte,  esperando el cambio espontáneo de ésta.  Él no hace nada, mientras ella se esfuerza  para preparar algo de comer  con sus escasas reservas.  
 En estas condiciones ya han pasado más de dos meses, han agotado todas sus provisiones: sólo  quedan unos pocos granos de maíz y el pozo de agua está casi seco. La mujer piensa que ya no podrá lavar su   ropa. Deberá racionar el agua para beber y preparar la comida. No se observa ni una nube que pueda augurar lluvia y mejorar el panorama. Ninguna autoridad apareció por allá para preguntar por su situación, menos para ayudarlos. Los pocos vecinos de esas tierras, ahora desérticas, han migrado a la ciudad.   
Cada mañana ella insiste para que su marido vaya a la ciudad o al pueblo vecino a pedir ayuda o a buscar trabajo, pero él permanece sentado y lamentándose.  Todos los días, sus hijos y ella, al finalizar la jornada lloran porque comen  poco y deben dormir con hambre.
Por las  noches Sabina piensa y piensa sobre lo que puede hacer. Analiza la situación y sólo  ve una alternativa: ir a la ciudad con sus hijos a buscar cualquier  trabajo o pedir limosna, en último caso.
Ya decidida, al día siguiente, ella realiza todos los preparativos: hace cocer gran parte de los granos  que le quedan, mata una de sus gallinas; la mitad de la carne la cocina, la otra la charquea. Está resuelta, iniciará su viaje en la madrugada para evitar el sol. Esa noche ella advierte a su marido de la decisión tomada, pero él sigue sin reaccionar.
Muy temprano, antes del amanecer, despierta a sus hijos y a los dos más pequeños los acomoda en el caballo junto con un bulto de ropa, comida y agua, que es todo su equipaje. Ella con los dos mayores irán  a pie. Les espera un largo  camino e inician el viaje. No despierta a su marido, sólo le deja un plato  de comida.
Después de unas horas de caminata detienen su marcha, bajo la escasa sombra que proporciona un árbol con las hojas por entero secas; comen algo, descansan un rato y reinician la marcha, ya con el sol en alto. Así continúan todo el día hasta la llegada de la noche. Todos están muy fatigados por el calor y quieren beber más agua de la que ella les facilita; no sabe cuánto les falta para llegar a la ciudad. Los pequeños  lloran, ella intenta explicarles pero  no entienden  razones. Finalmente, se duermen y todos descansan.
De madrugada los despierta para reiniciar el viaje, no parece que avanzaron mucho, su paso fue lento y está muy preocupada por el agua. Una vez acomodados reinician su marcha. Durante el recorrido únicamente encontraron  algunas chozas abandonadas, sin nadie que les proporcione ayuda ni orientación.
El segundo día transcurre como el anterior, los niños están más fatigados y en la noche tardaron más en dormir. Su preocupación aumenta y se pregunta si no habrá tomado el camino equivocado.  La mujer  no puede conciliar el sueño pensando en el futuro; al fin, el cansancio la vence hasta que algo la despierta. Ya está amaneciendo  y puede distinguir  a una persona que se acerca. Es su marido quién, finalmente, al verse solo reaccionó y emprendió la marcha a pie detrás de ellos.  Se acerca con la gallina en un brazo, sacude a sus hijos,  los abraza y lloran todos juntos. Ahora,  nada importa, ya está la familia reunida  y podrán  seguir su camino hacia la ciudad.    

Rosario Anze reside en La Paz, Bolivia.    

HERENCIA Carmen Larraburu, participante del Taller

{ domingo, 13 de junio de 2010 }
Desde el jardín llega la claridad de la  luz. Atraviesa la ventana   de un finísimo  vidrio inglés de color verde musgo.  El vidrio es poroso y hasta laberíntico.   Alguien con  paciencia se entretiene   en seguir el surco  de esta encrucijada, y quizá con perseverancia  pueda  llegar a un destino unificado.  Allí,  donde  el dedo índice   palpa la parte lisa y le otorga el final al entretenimiento. Así  imagino el juego de la vida. Trasvasar a  los días  sin sol,  navegar por   las interminables noches de las  lunas blancas,  similar a la portentosa mamá. ¡La mía! ¿Por allí andará bamboleándose,  doña Cesaría…?   
         Despierto de la tremenda pesadilla, estoy muy asustada, la sangre bulle,  presiento el líquido viscoso que  se hacina en la sien derecha. No deja de golpear con furor.
         Un sueño por lo demás extraño, es como si   simbolizara  la imagen de  las distintas épocas  de nuestras vidas  soberanas y otras no tantas. Hombres, mujeres y niños  hambrientos  recorren las calles del mundo, pidiendo pan y trabajo. Siendo una niña me encontraba metida en el medio de la   escena.
Una voz ronca y pastosa  gritaba en el sueño a los que huían, ¡CARAJO! Estos son los guachos que han parido los  gobiernos  y los imperios.  Cada vez se suma más gente al  éxodo. El zigzag de la columna se va perdiendo en el horizonte.
         Me sobrepongo, me siento a la orilla del lecho  y siento   escalofríos en  la piel. El hierro forjado, tributo de las camas antiguas, está presente aún en mi actualidad.
         Son pocos los  pasos que me separan de la puerta de entrada. Camino hacia ella.   El frágil movimiento  venido desde afuera alerta  a mis oídos,  un  chillido seco tropieza contra la hendija, es como si alguien intentara meter algo por debajo de la puerta.
         Hacia  mis pies  se desliza   una foto con un dibujo  importante por el tamaño.  Lo tomo entre mis manos. El papel lastimado y rugoso es de un   color  muy oscuro,  acaricio la cartulina,  la estiro suavemente,  palpo el  frío de la madrugada. Miro la imagen detenidamente.  Me  impacta,  no dejo de pensar en esa cantidad de rostros  con pómulos muy pronunciados, de  labios muy gruesos. Los rasgos bien definidos. No   solamente  el sol ha dejado huellas muy profundas en  sus pieles. Los gestos meticulosos,  como si hubieran sido cincelados por un escultor,  demuestran la familiaridad con la situación casi genética. Las miradas tiernas y abstraídas  se hacen carne en el paisaje,  ante la falta de pan y trabajo; así  reza un cartelito blanco perdido en la profundidad de la foto.
         No vislumbro el compromiso social del pintor, las caras de los adultos varones pertenecen a un mismo molde, las imágenes están muy bien distribuidas.   “El reclamo” complaciente recorre la totalidad de la estampa. De esta manera  imagino la llegada de los  inmigrantes al Puerto de Buenos Aires. Allá a principios de siglo XX, con  “Grandes Esperanzas”  de encontrar un lugar en América.
¿Es  una simple foto en blanco y negro? o ¿es que el autor  se encuentra  con la actividad muscular deteriorada?
Simula muy bien sus temblores involuntarios, todavía puede manejarlos con soltura. Intenta  redoblar los  esfuerzos entre las luces y sombras del trabajo. Desde allí se preocupa por los trazos que, varias veces superpuestos, dejan una línea gruesa, profunda y grotesca a  mi observatorio mental.
         Los pliegues, las curvas y las contras curvas, vigilan  sus fuerzas  sobre un simple lápiz B.6, carbonífero y pastoso. Es el único indicio que lo salva  del anunciado  final.
         La vida se vuelve efímera  cuando no podemos alcanzar un pedazo de pan y un vaso de leche a un niño sufriente. ¿Qué pasará  cuando no pueda rodear  y abrazar el cuerpito de mis   hijos? ¿Es  posible que en estos casos los hijos de los demás los  sienta como propios? Enjutos, por la falta de nutrientes.  Las necesidades ¿también corroen al  alma?  ¿Seremos  capaces de caer  en la indiferencia social?
         La niña plantada en la mitad de la escena, con  carita de porcelana y un  flequillo al tono, oscuro como la misma foto, parece ajena al entorno. Es posible que el pintor no haya podido integrar “el hueco”  a las demás figuras. Y a último momento agregó a la niña, sin verificar lo que pasaría con la imagen general del trabajo.  ¿Alguna muñeca habrá servido de modelo para el dibujante  de la “Manifestación”?
         Dejo la foto sobre la mesa.  Huyo del replanteo y del dolor nauseante que se   produce en la boca de mi estómago.
Me voy a dar un paseo…
El sonido agudo y monótono del grillo… me ayuda a sobreponerme  de la larga y   tortuosa  noche.
Es por esta ventana del frente de mi casa  que siempre confundo las noches de luna llena, En determinado momento no sé si la luna trepa  al farol o viceversa.
        
Camino hacia el mar.  El sol  tímidamente asoma  desde el Atlántico. Un enorme globo rojo se posa en la línea donde termina el mar y comienza el cielo. Las aguas frías acompañan en su   morada a las olas,  la tenue luz  refleja el movimiento de transparencias que viaja hacia la costa.  Llegan a mis pies desnudos, primorosos encajes blancos cortados por la rompiente.  Se vuelve enternecedor y abrupto el paisaje en mi retina.
Con el flequillo levantado por el viento, camino entre las  últimas hojas inertes y amarillas del otoño. Como las caricias, las hojas juegan
a  la ronda, ronda con  mis tobillos.
Enrojecen las tejas del techo de la casa de mi vecino. Carlos, el periodista, que vive enfre
nte.
         Se escuchan insultos por radio. Estamos próximos a las  elecciones nacionales… del mes de junio del año dos mil nueve.
Mis oídos están preparados para bajar el telón. Ya no escuchan cuando la densidad y las groserías  de las palabras rebosan el límite de la razón y lastiman a mi desprevenido espíritu.
         Hoy los carroñeros están nuevamente de turno.  Con sus afilados picos toman a las indefensas liebres y graciosamente las balancean con furor por los aires, hasta destrozarlas.  A  través de la límpida  atmósfera se observa como caen las tripas de estos animalitos. Los más ágiles y prevenidos se suman a la cadena de supervivencia.
         Con los años, los grillos se han ensañado con la puerta de entrada. La madera está carcomida  por estos insectos  cantores y que   muchas familias  adoptan como un talismán y  otras los toman como  benefactores de la suerte, como es mi caso.
         Todas las noches miro a través de  la celosía. Espero encontrar aquél hombre que oculto en la oscuridad, dejó un mensaje a mis pies. Estremecedor y no menos   preocupante. A pesar de los años “el reclamo”  es  el  mismo: Pan y trabajo.

Aquí, ahora y siempre  pronto  amanecerá.  

Carmen Larraburu es Artista Plástica, reside en Playa Unión, Chubut.